Me agacho,
mi columna pide clemencia
de camino a mis botas,
esas botas que casi vieron
mis primeros pasos por el mundo;
entrelazo los cordones
en un magistral lazo,
luego me enderezo,
la columna grita de nuevo.
Me asusta pensar
en el día
en que ya no sea capaz
de alcanzarlos
por mis propios medios,
y me los tenga que atar
alguna chica de uniforme
blanquecino,
con la zona de las axilas
amarillentas,
de cualquier residencia de
mala muerte para
personas mayores,
en un acto patético
de mostrar su
compasión,
como a esos galgos viejos
que sacrifican
después de haberlos
reventado a correr toda su vida
en los canódromos.
Un hombre que se precie como tal
ha de llevar siempre
los cordones de los zapatos
bien atados,
aunque para ello
deba soportar el dolor
de todas sus articulaciones,
o la humillación
de tener que pedir
que alguien se los ate.